
Introducción
Las contiendas a gran escala del siglo XX generaron una carga inédita de traumatismos craneoencefálicos (TCE), lesiones infecciosas y trastornos psíquicos entre combatientes. Esta realidad obligó a adaptar técnicas quirúrgicas, protocolos de triaje y a desarrollar procedimientos de evaluación y rehabilitación cognitiva que, con el tiempo, constituyeron núcleos fundacionales de la neuropsicología clínica moderna. Estas transformaciones no fueron únicamente tecnológicas sino también epistemológicas: la observación sistemática de déficits cognitivos tras daño cerebral y la necesidad de medirlos impulsaron métodos diagnósticos que luego derivaron en pruebas y enfoques clínicos estandarizados.
Primera Guerra Mundial: «shell shock», psiquiatría militar y avances en cirugía cerebral
La Primera Guerra Mundial popularizó el término shell shock para describir un amplio abanico de síntomas —desde debilidad motora y trastornos sensoriales hasta perturbaciones afectivas y re-experimentación traumática— que motivaron intensos debates sobre etiología (neurológica frente a psicológica) y tratamiento. La atención clínica y las investigaciones sobre estos cuadros dieron lugar a la institucionalización de la psiquiatría militar y a innovaciones en el manejo precoz de las bajas psicológicas en el frente. Estas discusiones sentaron bases conceptuales que, décadas después, contribuirían a la caracterización de síndromes vinculados al trauma (por ejemplo, lo que hoy conceptualizamos como TEPT en su vertiente crónica) y a la separación progresiva entre trastornos neurológicos orgánicos y trastornos funcionales.
Innovaciones neuroquirúrgicas y su efecto en la práctica clínica
La experiencia masiva de lesiones penetrantes y contusivas durante la guerra aceleró mejoras en técnicas quirúrgicas neuroquirúrgicas, organización de unidades especializadas y medidas antisépticas. Figuras como Harvey Cushing desempeñaron un papel central al sistematizar métodos operatorios, reducir la mortalidad por heridas craneales y promover la creación de centros con personal y equipamiento especializado, lo que profesionalizó la atención de las lesiones cerebrales y permitió conservar a un mayor número de supervivientes con secuelas neurológicas susceptibles de evaluación neuropsicológica.
Entre guerras y Segunda Guerra Mundial: consolidación de la observación clínica y primeros programas de rehabilitación
Tras la Primera Guerra Mundial se profundizaron registros clínicos y se comenzaron a desarrollar enfoques de rehabilitación orientados a recuperar funciones perdidas o compensarlas con estrategias conductuales. Ya en la Segunda Guerra Mundial, el número de supervivientes con TCE —y la mejora en la supervivencia gracias a avances médicos que incluirían, en breve, los antibióticos— hizo más evidente la necesidad de métodos sistemáticos para evaluar memoria, lenguaje, atención y funciones ejecutivas, así como de programas terapéuticos de recuperación cognitiva. En el contexto soviético, por ejemplo, Alexandr R. Luria documentó casos de heridos de guerra y desarrolló principios clínicos y teóricos que influyeron decisivamente en la neuropsicología clínica y en las intervenciones de rehabilitación posteriores.
Penicilina: del descubrimiento a la producción masiva y su impacto indirecto en la neuropsicología
Descubrimiento y desarrollo
Aunque Alexander Fleming identificó la actividad antibacteriana del Penicillium en 1928, la purificación y el desarrollo clínico de la penicilina dependieron del trabajo posterior de Florey, Chain y colaboradores en Oxford a partir de 1939, y de la cooperación industrial y militar entre Reino Unido y Estados Unidos durante la Segunda Guerra Mundial que permitió la producción a escala y su uso generalizado en heridos de guerra. Estos hitos están bien documentados en revisiones históricas contemporáneas.
Consecuencias médicas relevantes para la neuropsicología
La disponibilidad de la penicilina (y de los antibióticos subsiguientes) redujo drásticamente las infecciones postoperatorias y la mortalidad por heridas contaminadas, lo que tuvo dos consecuencias directas para la historia de la neuropsicología:
1. Aumento del número de supervivientes con lesiones cerebrales que, aunque inicialmente críticos, podían llegar a la fase subaguda y crónica donde las secuelas cognitivas eran evidenciables y tratables clínicamente.
2. Mejora del pronóstico neurológico global, lo que potenció el interés por la rehabilitación funcional y por la evaluación sistemática de déficits cognitivos residuales —es decir, un sustrato mayor de pacientes para desarrollar y validar pruebas neuropsicológicas.
En suma, la penicilina contribuyó indirectamente a crear condiciones epidemiológicas y clínicas propicias para el crecimiento de la práctica y la investigación neuropsicológica.
De la observación clínica a la estandarización: nacimiento de técnicas de evaluación neuropsicológica
A medida que el número de pacientes con secuelas cerebrales aumentó y la complejidad de los déficits se hizo patente, emergió la necesidad de instrumentos que cuantificaran y discriminaran dominios cognitivos (memoria, lenguaje, praxias, funciones visuoespaciales, atención). Estudios y revisiones contemporáneas sobre la historia de la valoración neuropsicológica destacan hitos más recientes (p. ej. en las últimas décadas del siglo XX), pero señalan que las condiciones que permitieron su desarrollo —casos clínicos sistemáticos, centros de rehabilitación y una comunidad clínica interesada en la función cerebral— tienen raíces claramente vinculadas a la experiencia bélica y al periodo inmediato de posguerra.
Conclusión
La conjunción de factores —la atroz incidencia de lesiones cerebrales en las guerras mundiales, las discusiones clínicas sobre trastornos funcionales y traumáticos, las mejoras quirúrgicas y, críticamente, la revolución antibiótica encabezada por la penicilina— creó un entorno en el que la evaluación detallada de las funciones cognitivas dejó de ser una curiosidad teórica para convertirse en una necesidad clínica y rehabilitadora. Así, la neuropsicología clínica se consolidó como disciplina aplicada: surgieron métodos cualitativos (por ejemplo, la clínica idiográfica de Luria) y, con el tiempo, instrumentos cuantitativos estandarizados, ambos necesarios para atender a las demandas de pacientes que anteriormente hubieran fallecido o quedado fuera de la atención especializada.
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